domingo, 11 de diciembre de 2011

Call-Psiquiátrico


Le sonó el celular a un compañero del call dentro del horario de trabajo, él se parapetó escondiéndose dentro de su box para evitar una segura puteada, y luego atendió su teléfono con la bincha puesta a la misma vez mientras tanteaba en el Avaya (la terminal de control telefónico) el botón de mute para no quedar grabado. Respondió su celular diciendo “Manicomio ¿en qué puedo ayudarle?” y con una sonrisa en la cara.
En el call center converge eso que llamamos futuro y esa necesitada e imperativa desmotivación que perturba la turba, y que masturba.
Supe tener un compañero que vino con un cuchillo dentro de su mochila. Él simplemente cayó a trabajar como todas las madrugadas, después de solamente ver pasar por los pasillos a uno de los despreciables carceleros que se encargaban de tener a cada pescadito en su pecera, el tipo deslizó su silla hacia mi box, al lado del suyo. Abrió la mochila y mostró el arma, yo lo quedé mirando a los ojos y mi primera reacción fue tratar de decirlo “antes de hacer eso, renunciá” pero en realidad eso habría sido un error. Precisamente no se renuncia para poder terminar haciendo eso. Precisamente uno hace eso porque sino todos deberían renunciar. Precisamente... precisa-mente.
El día terminó antes de lo que esperado, yo sentí latir ese destino durante toda la madrugada-mañana. El sol se asomaba hermosamente entre las cortinas inexistentes en la ventana. Los colores de la mañana prometían un día cálido y radiante, y desde mi box pude ver lo mismos pájaros (o unos pájaros muy parecidos a los mismos pájaros) de todas las mañanas de siempre. Eran aves lindas, pequeñas y predominantemente marrones. Se les veía ir y venir durante toda la mañana, se las veía cantar mientras le daban la bienvenida al día desde la rama del árbol. Se las veía cantar pero no se las oía, porque había una ventana de por medio, porque había un call center de por medio. Para quien no está familiarizado con esto cabe la acotación de que cualquier ave puede cantar desde fuera de un call center, pero pase lo que pase nunca se la va a poder oír desde dentro.
Los gritos comenzaron a estremecer dramatizando el lugar, convirtiéndolo en una escena digna de alguna película. Pasó hace un tiempo considerable como para merecer mención y todavía me pregunto si es que la turba de asesores gritaba histéricamente porque tenía ganas de felicitar al justiciero-asesino o si lo hacía porque, por algún extraño mecanismo psicológico, sentía pena por la “vida” (de alguna forma debo llamarle) que se estaba perdiendo.
En el call center, muchas personas sufren de un espantoso y cruel síndrome es Estocolmo. Se aferran a sus brutales captores como lo harían con una botella de agua en un desierto. Hasta los respetan, hasta no “osan pronunciar su nombre en vano”.
No por hacerme el canchero fue que yo ni mute ni comportamiento. Continué atendiendo llamadas, fingiendo estar alienado, o estando alienado mientras finjo que lo estoy. Lo vi pasar a uno de los más estúpidos asesores, de esos que traen calculadora solar en lugar de cerebro. Iba con algo de sangre en sus manos y moviéndolas a la altura de la cabeza, la escena era graciosa porque además de eso gritaba como perra en celo.

Un compañero ubicado en la lista de boxes frente a mí se paró y me preguntó que qué sucedía, yo le dije que no pasaba nada, que había que seguir llamando hasta que a uno le pidan que deje de hacerlo, el procedimiento era ese. Vi como algunas otras personas, personas de esas que le habían jurado muerte, odio y venganza a ese maldito carcelero jefe de piso, vi como esas mismas personas ahora tenían los ojos en llanto y la boca abierta, como arrepentidos de haberle deseado mal a un ser que solamente había sido culpable de desenhebrar psicológica, ética y moralmente la cabeza de unos 200 o 300 pibes en una de sus primera experiencias laborales.
Con el correr del día llegaron a llevarse el “cuerpo” (de alguna forma tengo que llamarle) del monstruo carcelero. Para ese entonces hace un buen rato que nos habían regresado a todos a línea. “En España no saben qué está pasando acá, nosotros tenemos que estar conectados para que ellos no vean una bajante de empleados acá, no importa lo que pase nosotros tenemos que estar logueados” dijo a modo de discurso mi supervisor, que se decía amigo del carcelero (compartían funciones en realidad). A mí me costó muy poco hacer de cuenta que era un día igual a cualquier otro, clonado. Estaríamos hablando de un día diferente si hoy hubiese podido oír cantar a esos hermosos pájaros sucios y diferidos, pero nunca los oí cantar.

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