Este tipo de comportamiento perjudica la productividad laboral, pero no nacen por la mala gana de un empleado que, de un día para el otro, se vuelve remolón y vago. Las conductas contraproductivas (workplace deviance) son una señal básica de la insatisfacción de los empleados, de su hastío ante una rutina reproductiva, aburrida y agotadora. Estas conductas son aquellas que se apartan de lo exigido en el puesto de trabajo en una dirección negativa pero con la finalidad no de perjudicar directamente el trabajo, sino de simplemente obtener un respiro, un aire que permita al trabajador hacer más llevadera una rutina, generalmente, no pensada para humanos.
Empleados como AM (empleado de RCI) explicaron a MQH, que es una reacción ante “lo injusta que es la supervisión, que nos invade en cada comportamiento hasta hacernos explotar y escapar mediante mentiras y engaños”.
Esta falta no es gratuita, se debe a un proceso circular (un círculo vicioso) que tiene contraparte en una presión constante que llega desde estamentos por encima del empleado en un Call Center.
JRR trabaja en Atento, y nos contó que ha llegado a extremos insólitos: “una vez fingí haberme desmayado, nadie me creyó (risas), pero logré estar un buen rato fuera de bincha”.
Todo apunta a un trabajo no percibido como tal, más bien deja la sensación de que se está ante una condena para los empleados. Como sea, y sea cual sea el o los motivos, se evidencia una incapacidad dentro del mercado laboral, y es la de compatibilizar en interés de lucro empresarial con el de hacer un trabajo de una forma aceptable y medianamente sobrellevarle con mediana dignidad. El hecho es que trabajar no tiene por qué convertirse en un castigo, y el trabajador no tiene, en principio al menos, por qué necesariamente vivir en una guerra de intereses con su empleador.
Si partimos de la base de que a mejor desempeño más beneficio para todos (base que no es más que uno de los principios fundamentales desarrollados por Adam Smith en su obra cumbre, El Capital; y estamos en un mundo en el que la teoría capitalista parece haber triunfado, al menos por ahora...), no sería descabellado suponer que al empleador le conviene que sus trabajadores sufran lo menos posible sus tareas.
Torturar a los trabajadores no es un crimen, es una estupidez.
Por lo tanto quien somete a un trabajador a condiciones de precariedad laboral no es un criminal, simplemente es un estúpido. Bien cabe recordar, a cuento de todo esto y para darle más énfasis a la torpeza de las patronales, lo dicho por Bernard Shaw: “no debemos culpar a la maldad intrínseca en una persona lo que fácilmente puede ser atribuible a su estupidez”.

1 comentario:
TRMENDISIMO ARTICULO, GENIAL, UTIL PARA TODOS
SALUDOS DESDE CÓRDOBA
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