Los call centers logran maravillas empresariales cuando reclutan a una clase media y media baja socializada, disciplinada y domesticada para adiestrarla en la sumisión y reproducción de estándares de vida, cabeza y conversación. No hay trabajador de un call center que en algún momento del día olvide que pertenece a ese trabajo, no lo hay.

Porque quien trabaja en un call center es callcentero, y callcentero se es las 24 horas del día. Al soñar, al reír, al llorar, al coger, al cagar y al comer, siempre se sabe que tal movimiento, tal ruidito, tal comentario, tal palabrita, siempre y en algún momento aparece el fantasma del call center. Retumbando como de cayetano, jodiéndonos un poco más con su invasión a nuestra actitud y personalidad (que cada vez se diluye más en ese aceite que el call center).
Las expectativas eran otras, el call center no necesita a un loco torpe, anulado y de baba colgando. El call center se regodea en obtener mano de obra con nivel casi terciario de estudios por lo menos, y con infravalorarlos, pagarles dos duros y generar una desconexión entre lo que pensábamos que eramos y lo que ahora ese speech metálico y reticulado nos dicen que somos.
Para el call center no sos ni un número, sos un parámetro, una irregularidad, un por ciento o una fluctuación. No sos muy distinto a lo que puede ser un engranaje en un reloj, y ningún reloj funciona para dejar contento a su engranaje, más bien el reloj funciona porque a alguien que lo usa le sirve que funcione y punto.
Es por eso que el callcentero emplea y reparte tácticas de lucha, métodos de resistencia, lo más solapados posible. Estos métodos, lejos de únicamente “hacer llevadero” el martirio psicológico, tiene por finalidad escapar a la disciplina controladora. Y son el fruto razonable de un error en el sistema. De una falla que nunca deseo ser corregida hasta ahora, la falla de pensar que podemos automatizar gente.
El baño es casi un amigo, por ejemplo. Al baño se va a putear, a llorar, a reírse, a dejarle un papelito con un comentario escondido atrás del WC a tu compañero para que él vaya a buscarlo, leerlo y respondértelo. En el baño, entre papelitos acá y allá, en tal o cual lugar “secreto” o rebuscado, se dan conversaciones de hojas y hojas de tamaño. Conversaciones que a veces son únicamente comentarios sobre qué mina está fuerte, o sobre quién es el supervisor más chupaberga de todos. Estos papeles son anónimos y sustituyen la conversación cara a cara mediatizando y difiriendo el dialogo. De esa forma se tejen redes entre los diferentes subgrupos de una misma plataforma. Esas redes son el peor síntoma para un supervisor, porque el call center funciona en círculos concéntricos que se contienen unos a otros, como la vida social misma de cualquier lugar que quieran imaginar.
Estos círculos concéntricos tienen una meta clara, dividir, generar falsas estructuras que sean funcionales a los intereses de quien maneja el call center.
No hay comentarios:
Publicar un comentario